
Las rutas arrieras de nuestro corredor Pehuenche son tránsitos ancestrales, huellas abiertas por nuestros pueblos originarios. Los cazadores-recolectores abrieron estas rutas en busca de alimentos e intercambio cultural. Productos como la sal, alimentos y animales fueron motivo de transhumancia y encuentros entre etnias de distintos territorios, lo que transformó este corredor en un paso que, hasta el día de hoy, es de suma importancia.
En las épocas modernas, los arrieros siguen estas huellas ancestrales y, en su tránsito andino, encuentran la riqueza de los territorios que recorren. Las verdes vegas y las aguas provenientes de la blanca cordillera permiten las veranadas: largos periodos entre la primavera y el otoño, cuando los arrieros suben desde los valles para alimentar sus cabezas de ganado. Ellos son grandes conocedores del territorio, de las plantas medicinales y de los alimentos que les permiten vivir en estas hostiles condiciones.
Es por esto que debemos poner en valor el patrimonio de nuestro Paso Pehuenche, rescatar la historia que esconden estos parajes alejados de la vida citadina y reconocer su forma de vida y las tradiciones que los mantienen vigentes en este mundo rodeado de inmediatez y tecnología.
